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domingo, 17 de abril de 2016

El Joyero Apresurado.

Aún era muy temprano, el sol apenas se asomaba en el horizonte indicando el inicio de un nuevo día para mí, los ligeros rayos de luz comenzaba a iluminar la parada del tren donde me encontraba. Aun tardaba un poco en arribar, sin embargo, el aire fresco que descendía de los cerros hacía de mi espera un poco más confortable. Empezaba a ponerme impaciente, mi trabajo exigía puntualidad y la demora del ferrocarril rozaba mis límites de tiempo. En mi impaciencia comencé a observar a mi alrededor, cientos de caras conocidas del día a día, parecía un gran reencuentro cada mañana en esta parada. En uno de esos ir y venir, mi mirada se cruzó con la de ella. No sé si me había enamorado antes, pero lo que sentí era completamente nuevo para mí.

Era extremadamente bella, su piel blanca como la nieve despertaba en mí una paz con solo mirarla, era una mujer alta, delgada y de pulcra elegancia. Su belleza captó la atención de inmediato. Cruzamos miradas por tres segundos, tiempo suficiente para que ella de modo insinuante me dedicara una sonrisa o al menos eso creí. Tenía claro que no era el tipo más hermoso o vigoroso del mundo, pero aquella corta dedicación fue suficiente para elevar mi auto convencimiento. Intenté acercarme a ella, pero justo en ese momento, el tren viejo y corroído pasó frente a mí, separando mi mirada de la de ella.

Al  día siguiente, todo parecía una copia del día anterior,  de nuevo estaba en la parada, a la misma hora, pero esta vez, más que esperar el tren, la esperaba a ella. Los minutos pasaban y aun no podía reconocerla entre la multitud así que desistí y subí al tren como lo hacía en la normalidad. Me sentía un poco desconcertado, creo que mi motivación esa mañana era ella. Recosté mi cabeza sobre el vidrio de la ventana  y dormí hasta la estación de destino. Al llegar, estaba tan profundo que no me di cuenta que el recorrido había terminado. Era la última estación y los usurarios ya habían bajado, sentí como una dulce vos susurraba a mi oído que habíamos llegado, nunca la había escuchado, pero supe de inmediato que era ella.

Más hermosa que ayer, no podría describirla con palabras, se había tomado la molestia de ir donde estaba y despertarme, eso inmediatamente me hizo pensar que ella también me distinguía y no era otro viajero más o al menos eso llegué a pensar. Recorrimos caminando todo el lugar hasta la salida sin decir ni una sola palabra. Aunque cruzando un par de miradas y sonrisas tímidas. Al llegar a la salida, ella me dió un beso en la mejilla y se despidió con un efusivo: ¡Que tengas un buen día!

Trabajé durante todo el día con agilidad y rapidez con el fin de obtener al final de la jornada un tiempo libre considerable para poder fabricarle con mis propias manos un regalo, el regalo perfecto. Pasé gran parte de la noche en el taller fabricando aquella especialidad para ella, algo que adornase con su belleza y la hiciera brillar, algo con lo que ella me recuerde para siempre. En realidad no quiero que me recuerde, quiero que sepa que desde que la vi no he parado de pensar en ella y que creo que estoy enamorado por decirlo de forma simple.
A la mañana siguiente, una torrencial lluvia inauguraba el día, sin embargo, yo tenía todo preparado para verla, quería sorprenderla. Avancé por toda la plataforma en su búsqueda, y la encontré por fin al final de ella con unos hermosos abrigos impermeables. Parecía sacada de alguna revista de esas que ves en las tiendas exhibidas, esta tan hermosa que dudé un poco en acercarme. Ella logro verme mientras yo me dirigía a su encuentro, con una sonrisa nerviosa me saludo seguido de un beso en la mejilla.

-Tengo algo para ti- le dije, con voz temblorosa y con un poco de temor.

Me adelanté  antes de que pudiera reaccionar verbalmente y le entregue en sus manos un bello cofre de madera. Ella sin palabras se apresuró a abrirlo. Su cara de asombro me aseguro que lo había logrado, había logrado impresionarla y antes de que pudiera hablar le confesé todo eso que ustedes ya saben. Ella con una expresión de asombro me dirigió  su mirada mientras sacaba del cofre una  pulsera pesada y ostentosa hecha en plata y con la decoración más bella que pude haber fabricado antes, mi profesión me había preparado para sorprender a la mujer de mi vida y espere mucho tiempo para poder dar mi más preciado trabajo a quien realmente lo merecía.

-No puedo aceptar esto, yo… - dijo con una expresión de vergüenza. Yo estoy comprometida.

Y fue en ese en ese instante en que descubrí un sentimiento nuevo para mí. Fue ahí donde supe que las ilusiones son solo eso, ilusiones. 


No diré mucho más, creo que ustedes saben cómo pudo haberse sentido, solo sé que nunca más me volvió a suceder porque nunca encontré a alguien como ella.