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lunes, 15 de agosto de 2016

Veintiún Gramos Felizmente Solitarios.

No sé en qué momento ocurrió, todo fue tan rápido, tan de repente, no estaba en mis planes. Parecía una noche tranquila como todas las que he tenido desde hace mucho tiempo, he pasado años tras años dedicándome a vivir mi vida de jubilado con la mayor actitud posible, he criado a mis hijos, y he cumplido con la sociedad en todo lo que es debido. Esa noche, calurosa, sería el final. Fue tan rápido que apenas pude sentirlo, fue tan doloroso que no pude siquiera reaccionar. A vise a Laura, mi mujer que había algo que no estaba bien, el dolor se hacía cada vez más intenso en mi pecho y se expandía a través de mi cuello y espalda, pero a su vez era como si no hiriera, era un sufrimiento con una gran dosis de alivio. Cada vez era menos consciente de lo que sucedía. Laura bajó rápidamente las escaleras para avisarle a nuestra hija sobre lo que me ocurría. El dolor me doblegaba, me acurrucaba como un bebe en la cama mientras me consumía la desesperación pero al mismo tiempo se mantenía en mi un sentimiento de paz como nunca antes había sentido.

Estaba en un taxi que recorría a toda velocidad la ciudad, apenas podía vislumbrar las luces que se reflejaban tenues a través de los vidrios del vehículo y que pasaban como flechas antes mi rostro, tenía mi cabeza recostada en las piernas de mi mujer quien no paraba de sollozar como si alguien estuviera muriendo, en el carro pude distinguir además del conductor y de mi mujer, a un hombre que nos acompañaba en el asiento de adelante, se trataba del esposo de de mi hija Luis. María y Luis habitaban el primer piso de mi casa ya hacía varios años, vivían con mi nieta, la única nieta mujer que tenía, mi nieto varón ya hace años que vive fuera del país con su madre. Ella había sido la alegría de mis días desde hacía seis años. Con Sebastián, mi nieto mayor, tuvimos una muy linda relación pero nunca fuimos tan cercanos, ya sabrás que en nuestra cultura, los abuelos siempre serán los maternos y este no era el caso, el era hijo de mi hijo mayor.

Llegamos al hospital de la ciudad, no puedo recordar muy bien cuál de todos, y tampoco lo que pasaba, no sé si caminé, no sé si me llevaron, mis recuerdos están borrosos, extrañamente solo puedo decir que me sentía a mí mismo, me sentía alejado, me sentía independiente de mi mismo, me sentía libre. No soy una persona educada, he sido un trabajador, alguien insignificante para el mundo, pero en ese momento me sentía único en mi especie. Elevado, extrañado, nuevo, enérgico y muchas sensaciones mas que no podría describir se apoderaban de mi con cada segundo que pasaba.

Las luces pasaban ante mi rostro rápidamente, a mi alrededor muchas personas vestidas de blanco, evidentemente médicos y enfermeras me llevaban con prisa a un lugar que no identifico, era un niño de nuevo, me sentía arrastrado en un coche, podía disfrutar de aquel recorrido por el pasillo del hospital. Laura estaba a mi lado, corría a mi lado sujetando mi mano, podía sentirla plenamente, era como si quisiera sentirla aun mas, la amaba saben, el amor que había entre nosotros sufrió todas las transformaciones humanas que puede tener, habíamos sido los amantes más fervientes que el mundo haya conocido, los mas recatados y problemáticos padres que se descontrolaban en el soledad y los compañeros más unidos que la vida en su estado más avanzado pudo formar. Su belleza nunca se fue, siempre estuvo ahí ante la deformidad que la vida produce en los hombres, ante el debilitamiento del cuerpo, ante la pérdida natural del deseo. El amor pasa por encima de todas esas cosas y esta noche superaba el obstáculo más grande de todos. El amor lo descubrí a su lado y supe que era mucho más increíble de lo que se puede imaginar, era  casi irreal y aun en este plano, sigue siendo.

Nuestras manos se separaron al entrar en la sala, mi cuerpo estaba cada vez más inmóvil y mi conciencia recorría los más profundos pensamientos que habitaban en mi cabeza, desde recuerdos hasta pequeños detalles que obvie durante años. Me encadenaron, o por lo menos eso sentí, en realidad estaba atado a cientos de tubos, jeringas. Mis sentidos se agudizaban, el olor a alcohol era fuertísimo, cada toque o rose era casi un golpe. Me encontré a mí mismo, solo en aquella sala, entubado, viejo, desecho, solo, no había ruido, no había nada mas, éramos yo y yo.

Podía verme postrado en la cama, camine hacia mí, mientras el frio invadía mi cuerpo, lo sentía como el hielo, avanzaba como gangrena, llegue a mi cabeza y me mire fijamente. Mi mirada me asustaba, ni siquiera un espejo habría de darme la impresión que me dio el haberme observado a mi mismo con tal detalle, supe que mi cuerpo estaba libre de mi alma porque mis sentidos era perfectos, mi cuerpo se movía con normalidad, había vuelto a tener veinte años, aunque sentía que mi apariencia seguía siendo la misma. Mis ojos brillaban, pero ese brillo iba desapareciendo, y el frio se hacía más intenso, hasta que  veintiún gramos se desprendieron de mi cuerpo, mis ojos se oscurecieron y desaparecí en el infinito, donde no hay nada, donde no hay nadie.

Había un pequeño riachuelo que dividía ambos caminos, uno para mujeres y el otro para hombres, yo, como todo los demás vestía de gala, un traje muy hermoso, absolutamente negro, no teníamos zapatos, nuestros pies se confundían con el agua absolutamente negra que había en el camino pero que no alcanzaba a superar la altura del tobillo, caminábamos con un paraguas que nos protegía de la eterna lluvia que nunca cesaba pero que jamás lograba hacer sonar su cúpula parabólica. Caminábamos en fila, en orden, no había pensamientos, no había sentimientos, no había felicidad, no había tristeza, éramos todos iguales, éramos todos perfectos. Caminábamos en línea recta, uno detrás del otro, al mismo paso, a la misma velocidad, nuestra cabeza era libre, podíamos mirar para donde quisiésemos, todo el proceso parecía automático. En las laderas de ambas calles, se apilaban  muchas personas de diferentes razas, no vestían como nosotros, parecían espectadores, estaban solos, estaban tristes, no llovía del lado donde estaban, no había rio que les tapase los pies, miraban, lloraban, algunos sonreían, pero ninguno podría pasar a nuestro lado y cuando menos esperaban desaparecían o aparecía uno diferente, estos espectadores no pertenecían a este lugar, eran para mi, invitados.

No existía el tiempo, no había reloj, no había cansancio, no había sudor, no había esfuerzo, no había dolor, caminábamos, solamente caminábamos.


Como si hubiera despertado, no sé de donde, no sé cómo, simplemente es así, estoy donde estoy, la felicidad es eterna, no parece haber algo mejor que lo que tengo. Riego mi jardín, las plantas que tanto quise, que plante y cuide con mucho cariño, son las mismas que tenía en mi casa. Mis años de jubilado pasaron en gran parte por ese jardín, y esta ahora aquí, conmigo, la belleza de este lugar es solo comparable con mis sueños, es tranquilo, tengo donde descansar, pero nunca me canso. Hay un lugar especial donde el tiempo y el espacio se rompen, donde puedo saber la realidad y donde la felicidad  se desvanece. Es un regalo del universo para mí. Este pequeño estanque es especial, solo aquí me doy cuenta de todo lo que pasa a mí alrededor y que no puedo ver porque hago parte de mi propio mundo. Al tirar una pequeña piedrita de estas, puedo ver reflejado  a través de las ondas producidas en el agua, el rostro de cada uno de mis seres queridos. Lloro regularmente en este lugar, veo como cambian, los siento lejos, pero no estoy triste, no tengo permitido estarlo. De igual forma, mi alma siempre fue rebelde, y acepto la soledad que me ha traído la felicidad en este nuevo espacio del universo, acepto la feliz incertidumbre de no poder volver a compartir con mi familia. Morir es parte de vivir, pero la felicidad, el amor y la soledad, es lo único que transciende con uno.