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lunes, 17 de octubre de 2016

EL SUEÑO DE DALÌ

Cuánto tiempo más iba a esperar, llevaba casi una hora en la parada del metro y no se veían rastros del tren, la estación estaba vacía, eran solo aquella vieja estructura y el.  El tiempo pasaba lentamente, le parecía eterno, en realidad lo era. No sabía porque tenía que ir a ese lugar, y tampoco sabía porque estaba ahí, solo sabía que debía viajar, lejos, muy lejos, donde nadie más supiera de él.

El sol se asomaba una y otra vez por el horizonte, la barba le crecía y se caía sola como si mudara su bello corporal, las uñas le crecían y se pulían solas, su expresión cambiaba, engordaba y enflaquecía, se oscurecía y amanecía, y el tren nunca llegaba. Le parecía que cada minuto eran cien años de los cuales noventa y nueve se la pasaba mirando atentamente al fondo del paisaje donde las vías férreas se confundían con el vapor distorsionante que cubría el suelo producto del intenso calor o en algunos días en que la nieve espesa simplemente pintaba de blanco todo aquello que la vista podía abarcar.

La lluvia no era ajena a todo, siempre pendiente del momento en que el decidía llorar para poder llevarse el mar de lagrimas que El dejaba en cada estado depresivo y que suponía un peligro natural para todo lo creado. No podía salir, no podía comer. Extrañaba aquella vez cuando una gran paloma paso volando y el sol la rostizo, quedo perfectamente cocida para él y la comió como si nunca hubiera probado algo mejor antes. Y tal vez nuca lo hizo.

Habían noches donde las estrellas se peleaban con otras, se desdibujaban, se deformaban, se insultaba, se apareaban. El viento se empeñaba en llevárselo lejos, solo sus frágiles y débiles manos lo aferraban a la tierra cuando el odiado viento aparecía. La luna se degradaba noche tras noche pero era poco notable porque las noches no eran seguidas, el día se iba y la noche quedaba, la noche se iba y a veces no volvía nunca más. ¿Podría extrañar tanto la noche como la extraña a medio día? A veces  cuando el sol desaparecía decidía recorrer la estación, las enormes escaleras eléctricas habían funcionado la primera vez cuando ingreso a la plataforma y que lo habían transportado hasta aquella inhumana sala de espera del tren, desaparecieron dejando un vacio solo comparado con la falta de sentido de la existencia de sí mismo.

A veces se acostaba en las butacas a soñar, cuando entraba en el trance profundo sentía que el tiempo iba a un más lento, se descuajaba y se distorsionaban cada unos de sus pensamientos, las tristezas se agudizaban y el temor aparecía como la única arma para defenderse de la soledad, pasaban siglos, milenios, y mucho mas en solo segundos con los ojos cerrados. El sueño lo atemorizaba pero lo hacía sentirse eterno, plasmado en lo perpetuo y en lo inmarcesible como todos sus sueños y anhelos.

Despertarse era peor que cerrar los ojos, en la estación pasaban segundos y en sus sueños milenios. Sentía que la soledad lo embargaba, el tren nunca llegaba y seguramente no iba a llegar. Estaba tarde, el ciclo volvía a comenzar, el libro se volvía a leer, la pintura se volvía a admirar, el dolor volvía a aparecer y su desesperación lo volvía a atormentar. Ya había pasado un tiempo incalculable, ya había sufrido el desdén y la desidia de la vida trastornada, los relojes se derretían mientras que la sexualidad se marchitaba en su esplendor.

 Una gran luz se posicionaba a lo lejos ultrajando la perpetua incomunicación de aquel lugar. El tren se acercaba, venía muy rápido, y su felicidad apareció en espontaneidad, era nuevo, había descubierto algo. Se paro en el borde del andén sin siquiera poder creer que aquel tren de diez pisos, con las cosas más hermosas de su vida por fin viniera por él.

 Rompió en llanto, la esperanza nunca tuvo tanto sentido, el enorme tren se acercaba y las vía se tensionaban, era silencioso mucho más silencioso que su espera. La esplendida luz invadía toda la estación, el tren estaba por llegar, la luz lo encegueció y fue la más hermosa revelación, ya sabía cómo volver a ser, como volver a vivir. Esperó el momento exacto y cerrando los ojos se lanzo en las vías, al morir solo pudo sentir un enorme vacío, una caída libre de dolor visceral y lo único que pudo hacer cuando el tiempo volvió a ser de su control fue respirar profundo, despertarse y comenzar un nuevo día. ¿Seguimos soñando?